Domingo 14 de Junio de 2026

Quiero que hoy se lleven una idea clara en su mente: al resucitar tendremos cuerpos nuevos semejantes al de Jesús, y por eso debemos tener esperanza.

Así como un astronauta necesita un traje especial para sobrevivir en la luna porque su cuerpo natural no está diseñado para ese ambiente, la Biblia nos enseña que nuestra carne y sangre actuales no pueden heredar el reino de Dios. Nuestro cuerpo actual está marcado por el pecado, el deterioro y la muerte, y por eso necesitamos ser transformados por el poder de Cristo.

Para entender esto, el apóstol Pablo nos pone el ejemplo de la naturaleza: lo que tú siembras no vuelve a la vida si no muere primero. Cuando enterramos a un cristiano en un cementerio, no estamos simplemente ante una tumba, sino ante un sembradío; ese cuerpo es una semilla que un día brotará como una planta gloriosa. Dios tiene el poder de darnos un cuerpo diferente y superior, tal como ya vemos en la creación que hay distintos tipos de cuerpos y distintos grados de esplendor entre el sol, la luna y las estrellas.

Fíjense en este contraste maravilloso que nos da la Palabra: nuestro cuerpo se siembra en corrupción, sujeto al envejecimiento y al polvo, pero resucitará en incorrupción, imposible de dañarse, enfermarse o morir. Se siembra en deshonra y debilidad, pero resucitará en gloria y poder. Aunque hoy llevamos la imagen de Adán, el hombre de la tierra, un día llevaremos la imagen de Jesucristo, el Hombre celestial.

¿Por qué es esto necesario? Porque nuestros cuerpos actuales son demasiado débiles para la eternidad; son como lámparas de bajo voltaje que no soportarían ser conectadas a la gloria de Dios sin explotar. Necesitamos cuerpos nuevos que resistan la presencia del Altísimo para poder contemplar la belleza de nuestro Salvador cara a cara sin desmayar.

Esta es mi invitación para ti hoy: si estás luchando contra la tentación, ten esperanza, porque un día el pecado ya no tendrá parte en ti. Si estás enfermo o sientes el peso de los años y la debilidad de la vejez, no te desanimes. Tus años dorados en este mundo pueden haber pasado, pero por la victoria de Cristo, lo que te esperan son los siglos dorados de la eternidad, donde resucitarás poderoso, fuerte y lleno de gloria para vivir con Dios por siempre.

Amén

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