Domingo 23 de Agosto de 2026
PARÁBOLA DEL SIERVO QUE NO QUISO PERDONAR
Hoy quiero que hablemos del perdón y de una frase que la cultura secular repite mucho hoy en día: si quieres ser feliz, aprende a perdonar. El mundo nos enseña que perdonar es una opción, un acto de grandeza que nos conviene para evitar el estrés, la amargura o las enfermedades. Pero el Señor Jesús nos enseña algo completamente diferente: para el cristiano, perdonar no es una concesión o algo opcional, sino un mandato divino y un deber que surge de haber sido perdonados primero.
En la parábola de Mateo 18, Pedro le pregunta a Jesús si debe perdonar a su hermano hasta siete veces, creyendo que era sumamente generoso porque los rabinos de la época solo acostumbraban exigir perdonar tres veces. Pero Jesús le responde que debe hacerlo hasta setenta veces siete, enseñándonos que no existen límites para el perdón y que este debe convertirse en un hábito constante de nuestro corazón. Perdonar significa decidir no hacer ningún tipo de daño a quien nos ofendió y no guardar ningún tipo de rencor contra esa persona.
Para entender la dimensión de esto, el Señor nos muestra a un siervo que debía diez mil talentos, una deuda astronómica e imposible de pagar, pues para ganar un solo talento un trabajador de la época tendría que laborar durante veinte años. Este siervo representa nuestra inmensa deuda de pecado contra la santidad y la ley de Dios, una deuda que merecía la muerte y la condenación eterna. Sin embargo, por pura misericordia, su señor le perdonó absolutamente toda la deuda. Pero al salir, ese mismo siervo encontró a un consiervo que le debía cien denarios, lo que equivale a cien días de trabajo, o en palabras muy colombianas, unos tres salarios mínimos. Aunque era una deuda pequeña y totalmente pagable, el siervo perdonado se negó a tener paciencia, lo ahogaba exigiéndole el pago y lo mandó a la cárcel.
Hermanitos, a veces actuamos exactamente igual cuando guardamos rencor por ofensas menores de personas que tal vez no nos saludaron un día o nos hicieron pasar un mal rato, llegando al extremo de aislarnos en la iglesia, llegando tarde y yéndonos temprano para evitar relacionarnos con los demás. Ninguna ofensa que recibamos de otros se comparará jamás con las inmensas ofensas que Dios ya nos perdonó en la cruz a través de Jesucristo. Incluso en los casos más traumáticos y dolorosos de abuso, abandono o maltrato familiar, aunque sabemos que es difícil, la gracia de Dios y el Espíritu Santo que habita en nosotros nos capacitan para perdonar, dándonos una oportunidad única para glorificar al Señor y reflejar Su carácter en una escala mayor.
El señor de la parábola llamó malvado a aquel siervo y lo entregó a los verdugos. De la misma manera, Jesús nos advierte con severidad que Dios no aceptará que no perdonemos, y que el rencor obstinado puede ser la señal de una fe falsa y de un corazón que realmente no ha sido regenerado por el Espíritu Santo. Hoy les invito a pensar por un instante en la persona que más daño les ha hecho en la vida. Revisen su corazón en este momento; si su actitud hacia ella es odiosa o rencorosa, pídanle perdón a Dios, corran a Cristo en arrepentimiento y dejen que Su gracia actúe en ustedes para perdonar de todo corazón. Oremos para que el Señor nos dé la humildad de recordar siempre de dónde nos sacó y cuánto nos ha perdonado. Amén