Domingo 16 de Agosto de 2026

DOS TRAGEDIAS, UN LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO

Hace poco vimos noticias devastadoras de dos terremotos seguidos de 7.2 y 7.5 grados en Venezuela, y poco después la gran tragedia aquí en Colombia que nos sacudió a todos. Ante el dolor de estos desastres, siempre surgen preguntas difíciles sobre por qué Dios permite estas catástrofes si Él es bueno, y si acaso las tragedias le ocurren a los peores pecadores.

A veces, cuando vemos que a alguien le pasa algo terrible, caemos en la trampa de pensar o decir por algo será. Esa frase tan común está cargada de muchísimo veneno porque nos lleva a juzgar con una lógica simplista donde lo malo solo le pasa a los malos y lo bueno a los buenos. Esa misma lógica fue la que usaron los amigos de Job para acusarlo falsamente en medio de su dolor. Cuando juzgamos de esa manera apresurada, demostramos indolencia con el que sufre, fariseísmo para sentirnos moralmente superiores y una profunda ignorancia de las Escrituras. Olvidamos que vivimos en una creación que gime por el pecado de Adán, donde hay gracia común para todos, pero también desgracias comunes que nos pueden afectar a cualquiera por igual. El impío puede morir de un infarto bebiendo, pero también un pastor fiel puede fallecer predicando en el púlpito.

En el evangelio de Lucas, la gente se acercó a Jesús con esa misma mentalidad, contándole sobre unos galileos a quienes Pilato mató en el templo mientras ofrecían sacrificios. También se hablaba de un accidente donde dieciocho personas murieron repentinamente al caerles encima la torre de Siloé. Todos asumían que esas víctimas eran los peores pecadores de Jerusalén. Pero Jesús confrontó directamente su autojustificación y les dijo si pensaban que ellos eran más pecadores o culpables que los demás, y les advirtió claramente que si no se arrepienten, todos perecerán igualmente.

Jesús no niega que el sufrimiento entró al mundo por causa del pecado, pero usa estas tragedias como un campanazo de alerta para nuestras conciencias. Nos recuerdan que la vida es sumamente incierta, que la muerte no avisa y que en cualquier momento podemos presentarnos ante el Creador. Sin embargo, las tragedias y los grandes sustos no tienen el poder de cambiar el corazón de un pecador. Faraón vio diez plagas devastadoras y terminó endureciendo su corazón, y el pueblo de Israel buscaba a Dios cuando venía el juicio, pero luego le mentía con la boca porque su corazón no era firme. El miedo a la muerte no salva a nadie; solo el Espíritu Santo a través de la predicación del evangelio tiene el poder de darnos un corazón nuevo.

La verdadera gran tragedia no es sufrir un accidente o morir en una catástrofe física; la gran tragedia es morir sin arrepentimiento, porque eso significa perder la vida y también el alma para siempre. Arrepentirse es darle la espalda al pecado y darle la cara a Dios, sintiendo dolor genuino por haberlo ofendido y decidiendo obedecerle. Y ese llamado es urgente porque hoy es el día de salvación, el de mañana no lo tenemos comprado.

Si queremos hablar de tragedias, miremos la cruz de Cristo. Allí murió el único hombre verdaderamente inocente que ha pisado este mundo. Al ver su cuerpo ensangrentado y colgado en ese madero, los hombres de su época también pudieron haber pensado por algo será. Y tenían toda la razón: fue por algo, pero no por su pecado, sino por el tuyo y por el mío. Él cargó con la ira de Dios que nosotros merecíamos por puro amor a nosotros.

Por eso, hoy es el día para arrepentirse. Si tú no eres cristiano, no sigas aplazando esta decisión creyendo que tienes la vida asegurada. Y si ya eres creyente, recuerda que el arrepentimiento no es un evento de una sola vez, sino un caminar diario de obediencia a Dios. Humillémonos ante el Señor, reconozcamos nuestra total necesidad de su gracia y vivamos agradecidos por su infinita misericordia. Amén.

Scroll al inicio