Domingo 28 de Junio de 2026
Hoy quiero hablarles sobre un peligro silencioso que puede destruir nuestra comunidad: el narcisismo eclesial.
Todos conocemos el mito griego de Narciso, aquel joven tan absorto en su propia belleza que murió consumido frente a su reflejo, incapaz de mirar a su prójimo. Lamentablemente, nuestra sociedad actual refuerza esa conducta, invitándonos a pensar siempre en “primero yo, segundo yo y tercero yo”.
Incluso la iglesia en Corinto, que estaba llena de problemas internos como divisiones y desórdenes, fue llamada por el apóstol Pablo en 1 Corintios 16:1-4 no a encerrarse en sí misma, sino a mirar hacia afuera, hacia las necesidades de otros hermanos. El mensaje central que debemos grabar en nuestro corazón es que el verdadero evangelio nos impulsa a cuidar a los santos que pasan necesidad.
Este pasaje nos enseña dos funciones vitales: ser una iglesia que reúne y una iglesia que distribuye. Pablo nos da instrucciones claras sobre cómo reunir recursos: debe hacerse el primer día de la semana, es decir, el domingo, y cada uno de nosotros debe apartar algo según haya prosperado. No se trata de dar lo que nos sobra por casualidad, sino de organizar nuestra economía para ser generosos de manera constante y sacrificada.
Debemos entender que el dinero que administramos no es nuestro, le pertenece al Señor y Él nos lo da para bendecir a otros. Dios ama al dador alegre, aquel que no da por tristeza o necesidad, sino por la convicción de lo que Cristo ha hecho en su vida. Cristo no solo sació nuestra hambre espiritual siendo el Pan de Vida, sino que en su ministerio también se ocupó de las necesidades físicas de los hombres.
Por eso, ser una iglesia que distribuye significa levantar la mirada más allá de nuestras paredes. No podemos ser narcisistas que solo invierten en sus propias comodidades mientras hay iglesias hermanas en lugares como Venezuela, o misioneros en La Guajira, que están pasando hambre. Nuestra generosidad es un reflejo del sacrificio de Cristo; damos de gracia lo que de gracia hemos recibido.
Hermanos, los invito a reflexionar: ¿Estamos mirando solo nuestro propio estanque o estamos viendo la necesidad de la Iglesia Universal? Que el evangelio nos mueva a una generosidad real, donde el bienestar de nuestro hermano sea más valioso que nuestros propios lujos innecesarios. Seamos una iglesia que refleje el amor de Cristo a través del cuidado mutuo y la ayuda a los santos en necesidad.