Domingo 27 de Septiembre de 2026
A veces los cristianos miramos al Antiguo Testamento y vemos cosas muy espectaculares: un templo enchapado en oro, sacerdotes con vestiduras hermosas, altares y sacrificios. Al comparar todo eso con la sencillez de la iglesia hoy, podríamos llegar a pensar que aquello era más glorioso.
En el tiempo del apóstol Pablo, había falsos maestros que intentaban convencer a los creyentes de volver al judaísmo, diciendo que el Antiguo Pacto tenía más esplendor y descalificando el ministerio de Pablo. Pero en 2.ª de Corintios capítulo 3, el apóstol nos demuestra que lo que nosotros tenemos en este Nuevo Pacto es infinitamente más glorioso.
En el Antiguo Pacto, la ley de Dios estaba escrita en tablas de piedra para personas que tenían corazones de piedra. La ley les mostraba lo que debían hacer, pero no les daba la fuerza ni la capacidad para obedecerla.
Por eso Pablo dice que la letra mata: la ley te da el diagnóstico, te juzga y te muestra tu condición pecaminosa, pero no te puede cambiar por dentro. En cambio, el Espíritu da vida.
✍️ Pablo les dice a los corintios que ellos mismos son su carta de recomendación, una carta de Cristo escrita no con tinta ni en tablas de piedra, sino con el Espíritu del Dios vivo en corazones de carne.
El evangelio toma a un pecador con un corazón duro y rebelde y le da un corazón vivo que ahora ama y quiere obedecer a Dios.
Ningún predicador es suficiente ni capaz por sí mismo para transformar una vida, pero nuestra capacidad proviene de Dios, quien nos hizo ministros competentes de este Nuevo Pacto.
Cuando Moisés bajó del monte Sinaí, se puso un velo sobre el rostro porque el resplandor de su cara se iba desvaneciendo. Aquella gloria era temporal, algo que iba a perecer.
Pero la gloria del Nuevo Pacto no se apaga; permanece para siempre. La transformación de un pecador perdonado y justificado por Cristo es un milagro mucho más brillante y permanente que el rostro resplandeciente de Moisés.
Hoy en día, muchas personas leen las Escrituras o vienen a la iglesia y siguen sin entender, porque tienen un velo puesto sobre su corazón.
Pero cuando alguien se convierte a Cristo, el velo es quitado. Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad: libertad de la ceguera espiritual, libertad de la condenación y libertad para amar la verdad.
Nosotros todos, contemplando a cara descubierta en el espejo del evangelio la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen por el Espíritu.
Uno se termina pareciendo a lo que contempla y adora. Si miras continuamente a Jesús, si meditas en su gracia y en su obra en la cruz, el Espíritu Santo te irá perfeccionando día a día a la imagen de Cristo.
Si hoy te das cuenta de que tu corazón sigue siendo de piedra y que la ley solo te condena, no intentes cambiar por tus propias fuerzas.
Reconoce tu incapacidad, ven a Cristo tal como eres y pídele al Espíritu Santo que quite el velo de tu alma y te dé un corazón nuevo.