Domingo 20 de Septiembre de 2026
Si hoy te sientes desanimado en la fe, tentado a alejarte o sientes que tu compromiso con Cristo es cada vez más pequeño, este mensaje es para ti.
El autor de Hebreos escribió esta carta a personas que dudaban de si el sacrificio de Jesús era suficiente y querían regresar a los antiguos ritos y sacrificios, pero volver a eso era ofender a Dios ignorando la obra perfecta de su Hijo.
Hoy ya no necesitamos templos terrenales, sacrificios de animales ni sacerdotes humanos, porque Jesucristo, el Cordero definitivo y sumo sacerdote superior, ofreció el sacrificio perfecto una vez y para siempre.
Por medio de Cristo tenemos libre acceso a la mismísima presencia santísima de Dios. En el Antiguo Testamento el velo del tabernáculo separaba el lugar santísimo y solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año con sangre de un sacrificio.
Pero cuando Jesús murió, el velo se rasgó de arriba a abajo representando su carne entregada por nosotros.
Por su propia sangre y su resurrección, Jesús nos abrió un camino nuevo y vivo, y al ascender al cielo nos lleva en su corazón representándonos para siempre.
Esto nos da la plena certeza de que nuestras oraciones son escuchadas y que nuestra salvación es segura e inamovible.
Sabiendo que la puerta está abierta, debemos acercarnos a Dios de la manera apropiada. Hebreos nos manda a acercarnos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, con la conciencia purificada y los cuerpos lavados con agua pura.
Esto implica no solo una fe interior, sino entregarle a Dios una vida limpia, huyendo del pecado y viviendo en santidad en todo lo que hacemos con nuestro cuerpo.
En segundo lugar, debemos mantenernos firmes sin fluctuar en la profesión de nuestra esperanza. Si ya confesaste que Cristo es tu Salvador, no des ni un paso atrás ni busques refugio en tus propios méritos.
Lo que nos sostiene firmes no es nuestra fuerza, sino la fidelidad de Dios, porque Él siempre cumple sus promesas y sus palabras jamás pasarán.
En tercer lugar, debemos animarnos unos a otros estimulándonos al amor y a las buenas obras, trabajando juntos como cuerpo y familia en la fe.
Y esto exige congregarnos fielmente, rechazando la costumbre de asistir solo de vez en cuando. El domingo es el día del Señor, y nada debe ser más prioritario para un cristiano que reunirse con su iglesia para adorar y escuchar la Palabra.
Alejarse de la congregación es como sacar un carbón de la hoguera; con el tiempo se va a enfriar. Así que ven de vuelta a la iglesia y aviva el fuego de tu corazón.
Aquel día se acerca y nuestro encuentro con Cristo viene en camino, así que no pongas excusas ni postergues tu entrega.
Acércate, afírmate en sus promesas, no retrocedas y camina junto a tus hermanos perseverando hasta el fin.
Señor, gracias por la obra perfecta de tu Hijo; danos un corazón sincero, afírmanos en tu verdad y concédenos la fidelidad de congregarnos y servirte con gozo, en el nombre de Jesús, Amén.