Domingo 04 de Octubre de 2026
Cuando el corazón está hecho pedazos y las fuerzas faltan, el dolor puede generar una neblina tan densa que orar se siente como hablarle a un muro. La distancia con Dios en esos momentos parece volverse abismal.
Pero frente a la aflicción, el Salmo 5 nos recuerda que aunque no somos inmunes al dolor, sí somos llamados a sostenernos en medio de él.
El mensaje central para nosotros esta mañana es sencillo: confiemos, Dios escucha al que clama.
En primer lugar, clama. Mire cómo inicia el salmista: «Escucha mis palabras, oh Señor, considera mi lamento, atiende a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío».
David no ora con frialdad; lo hace con un fervor profundo y una necesidad urgente. Temprano en la mañana busca al Señor antes que a cualquiera de sus problemas y dice: «y con ansias esperaré».
Como un centinela en la noche, David aguarda en Dios porque sabe a quién se está acercando. No viene a un monarca distante o indiferente, sino a su Rey y su Dios personal.
Ante la angustia extrema, la respuesta del creyente no es la desesperación ni la venganza, es acudir al Señor.
En segundo lugar, reconoce el carácter de Dios. David contempla quién es Dios en contraste con la maldad de sus adversarios: «tú no eres un Dios que se complace en la maldad, el mal no mora en ti».
Dios es un Rey santo y justo que rechaza el engaño, la violencia y la altivez. Para el mundo esto puede sonar severo, pero para el creyente atribulado es fuente de un profundo descanso.
Saber que Dios es un juez recto significa que la injusticia no tendrá la última palabra y que él es el fiel defensor de su pueblo.
En tercer lugar, acércate a Dios con reverencia. David no apela a sus propios méritos ni a su perfección.
Escuche las palabras que sostienen todo el salmo: «pero yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa, me postraré en tu santo templo con reverencia».
David reconoce que no tiene la sabiduría ni la fuerza para librarse por sí mismo, así que pide la guía divina.
Y cuando pide que la maldad de sus enemigos caiga sobre ellos, no lo hace por rencor personal, sino porque se rebelaron contra Dios.
Nuestra oración jamás descansa en nuestra capacidad, sino en la gracia inmerecida de nuestro Dios.
Y en cuarto lugar, confía en la protección de Dios. El salmista concluye declarando una verdad hermosa: «alégrense todos los que en ti se refugian, canten con júbilo porque tú los proteges; porque tú, oh Señor, bendices al justo y como con un escudo lo rodeas de tu favor».
El gozo del creyente no depende de una respuesta milagrosa inmediata ni de sus emociones, sino de la protección y la fidelidad de su Señor.
¿Dónde nos deja esto a nosotros?
La descripción que hace el salmo sobre los malvados, al decir que «no hay sinceridad en lo que dicen» y que «sepulcro abierto es su garganta», es la misma que el apóstol Pablo utiliza en Romanos para describir la condición caída de toda la humanidad.
Por naturaleza, todos nosotros éramos rebeldes y estábamos separados de Dios. No había ningún mérito en nosotros para estar en su presencia.
Pero la buena noticia del evangelio es que Jesús, el único Justo, pagó el precio en la cruz y nos vistió con su justicia.
Hoy, por la abundancia de su gracia y escondidos en Cristo, tenemos acceso directo al Padre.
Por eso, mis queridos hermanos, abandonemos la necedad de confiar en nuestras propias fuerzas o en nuestro propio brazo.
Aunque la prueba apriete o el cielo parezca en silencio, sostengamos nuestra fe en el carácter de un Dios que nunca ha fallado a su pueblo.
Confiemos, Dios escucha al que clama.
A él sea la Gloria. Amén.