Domingo 30 de Agosto de 2026
Cuando enfrentamos el dolor en este mundo, normalmente nos hacemos dos preguntas: ¿por qué sufrimos y para qué sufrimos?
Sabemos que sufrimos porque vivimos en un mundo caído por el pecado, por las aflicciones de esta vida y por las malas decisiones que a veces tomamos. Pero la pregunta más profunda para un creyente es el para qué: ¿Cuál es el propósito de Dios detrás del sufrimiento?
En la 2.ª carta a los Corintios, el apóstol Pablo nos enseña que Dios permite que pasemos por aflicciones con un propósito muy claro: para que experimentemos su consuelo y luego vayamos a consolar a otros que están sufriendo.
Pablo llama a Dios el Padre de misericordias y Dios de toda consolación, alguien que nos alivia y nos fortalece en la fe en medio de cualquier tribulación. Y ese consuelo no es un simple compadecerse de labios hacia afuera, diciendo: “Ya va a pasar”, sino una fortaleza real que sostiene nuestra fe en Cristo.
Nosotros no somos la fuente del consuelo, sino simplemente canales. Dios llena nuestro corazón con su paz y su gracia en medio de la prueba para que luego compartamos esa misma medicina espiritual con el hermano que está pasando por la aflicción. Y cuando sufrimos precisamente por causa de seguir a Cristo, la Biblia nos promete que también abunda en nosotros el consuelo generoso y abundante del Señor Jesús.
El apóstol Pablo mismo compartió su propio testimonio cuando en Asia estuvo abrumado más allá de sus fuerzas, al punto de sentir una sentencia de muerte en su vida. ¿Y para qué permitió Dios esa prueba tan extrema? Para que no confiara en sus propias fuerzas, en su capacidad o en sus recursos, sino en el Dios que resucita a los muertos.
Cuando la aflicción nos acorrala y quedamos sin salida humana, aprendemos a mirar hacia arriba y a refugiarnos únicamente en la pura misericordia de Dios, sabiendo que él nos ha librado, nos libra y nos seguirá librando.
Hermanos, esto nos desafía a dejar de vivir encerrados en nuestros propios problemas y en nuestro pequeño mundo.
Miremos a nuestro alrededor: hay personas sufriendo que necesitan que cooperemos por ellas en oración, que les sirvamos y que les llevemos la Palabra de Dios.
A quienes aún no conocen a Cristo, les ofrecemos el consuelo más grande que existe: el perdón de los pecados y la gracia que transforma una vida arruinada.
Y a nosotros como iglesia, el Señor nos llama a cambiar la perspectiva: no preguntemos más “¿por qué a mí?”, sino “Señor, ¿para qué?” Y permite que mi aflicción traiga gloria a tu nombre mientras consuelo a otros con el consuelo que tú me has dado. Amén.